Lo decidí y me atreví a
viajar 22 horas hasta la capital imperial. Una suerte de sueño y un colage de
fotos se cruzaban entre mi cansancio y la ansiedad por llegar, una noche de
calor, frío y angustia. Al día siguiente por fin el bus llegó y yo a punto de
cumplir mi objetivo. Difícil sentirse provinciano y forastero en una ciudad de
piedras color cobre, una metrópoli que encierra siglos de conquista (ya casi
re-conquistada por el poder de los andes) en su Plaza de Armas conquistada por
taxis marca Tico.
Cusco
me da la bienvenida
Bueno, ya estaba en aquel
lugar, no sabia adónde ir, se acercó un hombre mayor con cara de buena gente y
me ofreció hospedarme en su casona a un precio razonable. Accedí y abordé el
taxi (dije que eran Ticos?). Llegamos y entre la perorata de mi anfritión y mi
dolor de cabeza por la altura, soporté que éste me contara las bondades de la
ciudad y su riqueza invalorable.
Ese día dormí bastante, a la mañana siguiente con mi “mate de coca” de por
medio hecho en el Ukukus por las
manos de “Becho”, desayuné y me eché a la caminata -pues considero que es súper
aburrido subirse a un taxi en Cusco-. Nunca había transitado por calles de ese
tipo, todo empedrado, callejones largos, un cielo como pintado en un cuadro por
un artista, era otra la atmósfera y el espíritu de aquella ciudad me invadía,
la gente era diversa: estadounidenses, cusqueños, franceses, argentinos,
italianos y casi todo el mundo congregado en un solo lugar.
Visitando Machu
Picchu
Ya eran las 12 del mediodía y
si mi memoria no me engaña, estaba listo para conocer Machu Picchu,
esa capital de los incas -según la historia-, que solo conocía por postales y
revistas de turismo. Ahora si subí a un taxi que me costó 3 soles y me
llevó hacia la estación del tren (siempre
decía que algún día viajaría en tren y en barco, bueno lo del tren ya se me
cumplió).
Habían dos tipos de
servicios: uno súper VIP, muy cool que
costaba 300 dólares la travesía (Cusco – Aguas Calientes – Cusco)…
y luego el servicio para el pueblo, 30 soles en la misma ruta descrita, cómodos
asientos que parecían una roca, velocidad controlada y venta a bordo de chicha,
papa, choclo y queso ¡una maravilla! El tren era un híbrido, una mezcla de
trasporte moderno con “la 10” que pasa por la Av. Brasil, ah y bueno también
viajaban con nosotros uno que otro carnerito, gallinita y no sé que otro tipo
de animales. El traslado duró 4 horas, ya me estaba exasperando, pero el
paisaje que tenia frente a mi paliaba mi estadía en aquel vagón.
Llegamos a la parada final,
el pueblo de “Aguas Calientes”, un lugar muy
entrañable, de mucho comercio, un lugarcito que se las sabia todas, pues sus
clientes en su mayoría eran turistas extranjeros que invertían en los
restaurantes y abastos del lugar. Este pueblo queda exactamente debajo de Machu
Picchu, digo debajo porque de ahí hay que abordar un mini
bus para subir que cuesta 7 dólares ida y
retorno Machu Picchu – “Aguas Calientes”.
El vehículo subía en curvas,
había mucha neblina, poco a poco parecía que nos internábamos en el retroceso
del tiempo, quedé un tanto asombrado por lo que estaba sucediendo, hasta que el
conductor anunció que ya habíamos llegado, en ese momento desperté, preparé mi
cámara y me alisté a bajar.
Imperio
de los Inkas en el tiempo
Una larga cola de personas,
una caseta de vigilancia y un inmenso fondo verde. Llegó mi turno, pagué 10
dólares para ingresar (así de caro está el Perú). Un
caminito estrecho me llevó hacia el frente de un gran cerro, quizás un APU (Dios
Inca) como dicen algunos, la sensación de estar en aquel escenario fue
indescriptible, parecía que ahí no había tiempo, un emporio lleno de pequeños
caminos, un laberinto en el que, según el guía, varios ya se habían perdido sin
dejar el menor rastro, me asusté un poco, llegué hasta una quebrada, abajo un
precipicio, miré con incredulidad y la sorpresa fue grande: aquel precipicio era
infinito, esto parece de película gringa, pero créanme, es totalmente cierto,
levanté la cabeza y estaba en el mismo lugar donde se produce la archiconocida
foto de Machu Picchu.
El cielo lograba una
intrínseca influencia sobre los que estábamos sobre aquellas rocas, el momento,
o los momentos que viví fueron emocionalmente indefinibles y eso que yo no lo
creía, ahora se que existe una fuerza superior en los andes, en la sangre que
los incas derramaron sobre cada piedra de las que hoy admiramos. De regreso,
luego de pasar por el InkaTerra (hotel
cercano a Aguas Calientes), me quedé dormido para llegar rápido a la ciudad, en
donde me esperaba en el embrujo de la noche cusqueña, hambrienta por hacerme
vivir al ritmo de su convulsionada historia.
Por fin llegamos… cansado y
con una extraña sensación de felicidad bajé del tren, llegué a la puerta de la
estación y abordé el primer taxi hacia el lugar donde me hospedaba.
Cusco
Nocturno
Cusco de noche
Luego de un reparador baño
salí del lugar donde me hospedaba y me zambullí en la magia de Cusco
Nocturno, a la siguiente cuadra y bajo una acariciadora lluvia
se encontraba Killa (Luna)–tan resplandeciente como el significado de su
nombre-, artesana, hija de padre cusqueño con madre francesa, Killa aprovechaba
la fachada con techito de un restaurante para exponer sus obras hechas en plata
y demás aleaciones metálicas, hablaba mucho de la historia e imperio Inca, me
contó que viajaba constantemente pues no era solo de esta tierra, era
“ciudadana errante del mundo”, con su arte y negocio había cruzado muchas
fronteras, paciente y con solo lo que el día le ofrecía vivía, no debía
preocuparse por más, le compré algo, la mujer parecía descendiente Inca,
el color de su piel era especial y sus ojazos azules me llevaron a un trance,
ella me dijo que me enseñaría un pueblo escondido y milenario, no tenía celular
“nos vemos mañana en la plaza cuando el sol se vaya ocultando”… asumí que la
traducción de eso era 6:30PM.
Continué mi periplo y
aterricé en el Kamikaze, taberna
clásica del centro del Cusco. “Ananau” en la
versión del grupo Alborada sonaba en la sala principal, empecé a bailar -un
sonido un poco extraño pero válido, estaba en Cusco-, luego de la rumba étnica
salí ya a medianoche con dirección al local de Becho, La
Sarita tocaba en vivo, pasaba las copas sin darme cuenta y
entre tropiezos por la solitaria trasnoche llena de frío ya estaba en el Mama
África donde terminé la noche.
Por cierto, al día siguiente
acudí a la plaza para encontrarme con Killa… nunca llegó, nunca más la vi, por
más que fui hasta aquella callecita en su búsqueda nadie me dio razón
alguna. Solo su extraño perfume y esa imagen fuerte como el poder de su
mirada se quedaron conmigo, su bella estampa me acompaña y se refugia hasta hoy
en el archivo infinito de mis emociones.
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