Cuando
llegué a Perú a finales de Marzo no tenía un itinerario demasiado definido.
Venía de Arica, en el norte de Chile, y la
primera parada natural era Arequipa, pero conocía Cuzco y Puno -con Machu Picchu y el Titicaca- así que,
después de Arequipa la ruta quedaba totalmente abierta.
Uno de los lugares de los que nunca había oído hablar antes de emprender
el viaje, era Máncora. Sin embargo, la mayoría de mochileros que fui
encontrando en Perú me comentaron sobre las famosas playas que se extendían en
esta parte del litoral noroeste del país.
Después de un largo y duro trekking por el precioso paso de Santa Cruz,
en Huaraz, necesitaba unos días de relajación absoluta al Sol y decidí
averiguar si las playas de Máncora se merecían tanta adoración como la gente
les profesaba.
Para llegar desde Huaraz el camino es bastante largo.
Tomé un bus nocturno de Cruz del Sur desde Huaraz a Trujillo. Pasé el día en esta ciudad y
sus alrededores y por la noche me dispuse a pasar mi segunda noche consecutiva
intentando dormir en un bus peruano. Aunque no era ni la mitad de cómodo que
los de Cruz del Sur, estaba derrotado y me despertaron a las 5 de la mañana
cuando anunciaron nuestra llegada a Máncora.
El conductor del motocarro que tomé me aconsejó quedarme en el hotel
Bacus y, debido al cansancio y las horas a las que llegué, le hice caso y la
verdad es que no me arrepentí. Por 20 soles la noche -menos de 5 euros- tenía
una habitación con baño privado y vistas al mar en primera línea de playa. Nada
de lujos, pues la habitación era totalmente espartana, pero muy funcional y
barata. Además, como era temporada baja, estaba prácticamente solo en el lugar.
Pasé 3 días en Máncora y la verdad es que tan sólo los dediqué al más
puro descanso. La playa que tenía enfrente de mi hotel era bastante amplia y me
alejé de la zona de surfistas anglosajones que alardeaban más de cuerpo que de
habilidad con la tabla. Encontré una zona de sombrillas hechas de ramas de
palmeras. Eran propiedad de uno de los resorts que poblaban la zona, pero como
no tenían casi clientes dejaban que las ocuparan los que por allí nos dejábamos
caer.
Fue mi salvación el poder cobijarme en la fresca sombra porque el Sol
pegaba ya de forma inclemente a las 10 de la mañana y la arena quemaba todo lo
que osaba perturbarla hasta bien entrada la tarde.
Me dediqué a tomar zumos, comer en los chiringuitos playeros, leer, escuchar
música, nadar y otra extraña actividad que ha sido muy común en este viaje:
encontrarme por casualidad con otros viajeros. Allí me reencontré con Thomas y
Myriam, dos amigos franceses que conocí en Mendoza mientras pasábamos todos
unos días con amigos comunes. Con ellos viajé 17 días por Ecuador y pasamos
muchas aventuras juntos. Muy legales este par.
Para aquellos que busquen algo más de actividad comentarles que también
es posible hacer surf y disfrutar de la emoción de las motos de agua por unos
100 soles por media hora. Además puedes informarte con los taxis locales para
que te lleven a otras playas que se encuentran en los alrededores. Yo no fui a
ver otras porque la de Máncora estaba casi desierta y cumplía los requisitos de
tranquilidad que buscaba.
Máncora además sirve de catapulta para aquellos que quieren pasar a
Ecuador o como punto de entrada -con pie derecho- a Perú para los que vienen de
Norte a Sur.
La gente del lugar me comentó que en los meses de temporada alta
-Diciembre y Enero, Semana Santa y de Junio a Agosto- el lugar rebosa de vida
nocturna y fiestas, así que tenedlo en cuenta quien quiera pasarse una buena
marcha por la zona.
Sinceramente, me pareció un bonito lugar y recargué mis energías pero no
fue, ni de cerca, de las mejores playas que vi en Sudamérica y creo que la fama
que le da la gente, es excesiva.


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